Una vez la has visto sonreír vas a necesitar más de ello. Es
como alguna clase de droga, fácil de conseguir si tienes los contactos
apropiados, ya sabes.
Quizá un truco de magia, esa que llevas siempre entre manos
la haga feliz y romperse de tanto reír y no de tanto llorar.
Quizá le
construyas las alas más negras como la peor de las noches de tormenta, pero la
enseñarás a volar igualmente. Y le enseñarás que no hay miedo alguno, no. Si tú
estás ahí, eres salvavidas en plena caída.
No importa cuántos defectos pueda tener, tú los dibujas una
y otra vez y le muestras que es eso lo que la hace única y bonita. Le das color
a cada momento que ella quiere pintar de gris.
Te gusta hacerle cosquillas para ver cómo te suplica que
pares y a la vez se enamora un poquito más de ti.
Te encanta ser tú quien le quita el frío en las noches más
gélidas. Y no hablo de pleno invierno, sino del frío que lleva dentro desde que
le rompieron el corazón por última vez.
Vas a hacer todo cuanto esté en tu mano para que ella sea
feliz incluso si eso significa dar tu vida si con ello, salvas la suya.

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